CUENTO DE
NAVIDAD
Jorge Rodríguez Sánchez
“¡¡Vaya rollo,
joder!! ¡¡otra vez los mismos deberes de todos los años!! Otra vez
esa maldita redacción sobre la Navidad para estos días de
vacaciones. Mira, me parece normal que manden mates, física y
química, biología... pero este rollo en literatura me tiene
rallado”.
Samuel salía del
Instituto camino a casa, ya había dejado a todos los colegas de
clase, se habían despedido e iba pitando a comer. Tenía muchos
planes para esas Navidades, supongo que unas pachangas de futbito con
los de clase, algunas canastas con el grupo del barrio, hacerse unas
risas con los compas de las clases particulares... No me digas que no
estaba mal.
“Pero otra vez con
estas historias, fijo que me cortan todos los planes”. Samuel no
tenía grandes problemas con las asignaturas de ciencias, sí con las
relacionadas con las letras, y especialmente si había que echarle
imaginación al tema. Y especialmente la Navidad. La verdad, es que
no entendía nada de aquellas fechas, ¿para qué?.
“La verdad, no entiendo
estas fechas” Pensaba. “Al final, todo se resume en lo siguiente:
El día 22 me dan vacaciones, con este pretexto, mis padres me
obligan a hacer cosas en casa, como arreglar mi cuarto, ayudar a mi
hermana pequeña con sus deberes, sacar las fotos de la cámara de
fotos y ordenarlas para que se puedan ver, poner a punto el movil de
mamá que no se entera de nada de electrónica. Después, llega la
Nochebuena y el día de Navidad. Ya me pillan de vuelta de todo como
para ilusionarme con Papás Noeles y otros rollos mágicos y
chipiritifláuticos. Ir a casa de los tíos, hablar con los petardos
de los primos y sus fantasías, hacerle la ola a mi prima Julia por
sus notazas en clase, que me lo pasen por los morros y me digan
cuánto debo aprender de ella...”.
Samuel pensaba es que sus
contactos con la familia eran un compromiso que no le apetecía para
nada pasar. Al fin y al cabo, todos vivían en la misma ciudad y
apenas se veían. Que las Navidades sean obligatoriamente las fechas
para verse le ponía de los nervios. Total, el resto del año podían
visitarse y no lo hacían.
“Bueno, la verdad, es
que yo no tengo normalmente mucho tiempo para ir a verlos”, pensó.
Entre las clases particulares, las catequesis de confirmación, los
entrenamientos de judo y los ratos con los colegas, Samuel ya estaba
bien ocupado. Pero vamos, que ellos podían poner algo de su parte.
Podrían haber ido a visitarle los sábados por la tarde... aunque
no, mejor que no. Los sábados le apetecía descansar después de
comer para poder ir a dar la vuelta con los amigos.
“Vaya, que no entiendo
estas obligaciones de ir a ver a la familia en Nochebuena para
felicitarles”.
La Navidad seguía sin
ofrecerle ningún tipo de motivo para rellenar una redacción. “Si
no significa nada...”.
Samuel se acordó en ese
momento de lo que les contaba el profe de historia, una vez, cuando
comenzó lo que se suele llamar el Adviento. Recuerda que el profe
les contaba un rollete que sonaba bien, pero que tampoco era tan
importante como para poder ilusionarse con esos días de Navidad.
“La Navidad es una
fiesta cristiana”, les contaba. “pero hay otras culturas que
celebraban estas fechas antes que los cristianos. Algunas culturas
creían que el dios del sol nació el día más corto del año, y que
los días se hacían más largos a medida que el dios se hacía más
viejo. Algunas de las culturas que celebraban estas fiestas eran los
romanos.
Para los romanos, el 25
de diciembre celebraban la fiesta del Nacimiento del Sol. Esta fiesta
la relacionaban con el nacimiento de Apolo y era en estas fechas del
solsticio de invierno. Además, durante siete días celebraban
Saturnalia, en honor a Saturno. Era un tiempo en que los romanos
posponían las guerras, los negocios, había intercambios de regalos
y liberaban temporalmente a sus esclavos.
Otros que celebraban
estos días relacionados con el Sol eran los germanos y escandinavos,
que celebraban el nacimiento del dios nórdico del sol naciente”.
A Samuel le caía bien D.
Julio. Era un buen profe que les dejaba un poco de manga ancha en
clase. Se podía uno reír con los compañeros de atrás, o los de
adelante, o tirarle alguna bola de papel a las chicas de los
laterales. Por cierto, que en la última clase Samuel tuvo un pequeño
encontronazo con Clara.
“Eres un idiota,
Samuel” le gritó en la última clase de historia. Samuel no
entendía nada, normalmente soportaba bien las bromas, pero
últimamente Clara se soliviantaba bastante con él cada vez que le
tiraba una, de un tiempo a esta parte no se tomaba demasiado bien
estas cosas. “Eres un idiota, Samuel. Parece que en lugar de 15
años tuvieras 7”. Es cierto, quizás se estaba pasando un poco con
ella, pero vamos, que apenas le hacía nada... o sí. No sabía
exactamente por qué, le entraban ganas de tirarle bolas de papel
cada vez que D. Julio se daba la vuelta. O sí sabía por qué, pero
ese era otro de los rollos de los que pasaba. La verdad, Clara
molaba. Pero no le hacía ni caso. Estaba todo el día hablando con
Eva de chicos, de ropa, de películas de vampiros y la serie Eclipse.
Esos rollos románticos que se traen las chicas. A Samuel ni le
apetecía oír cosas de ropa, ni oír hablar de chicos, ni mucho
menos de las petardadas romanticonas de Eva y Clara. No quería ni
oír hablar de Clara. Ni de sus rizos, ni de su pelo negro. Ni de su
sonrisa casi perfecta, ni de los ojazos... Que no, que no quería ni
oír hablar de Clara.
Y se iba a pasar la
Navidad entera sin verla. Ese debiera ser un motivo para que fuera
bien la Navidad, ¿no?, colegas, futbol, canastas... y no ver a Clara
llamándole idiota otra vez. Sí, un gran plan.
Conforme iba pensando
estas cosas se iba haciendo el camino a casa. Cruzar un paso de
peatones en rojo, oír pitar y gritar al conductor del coche que, a
punto de atropellarle, juró no sé cuántas cosas al respecto de sus
padres y la cárcel... Y Samuel seguía sin tener argumentos para la
redacción. Argumentos para una redacción casposa que le habían
mandado en el instituto, y para pensar qué significaba la Navidad
para él. Nada, no tenía ningún significado, como para los romanos
y su bonita historia del nacimiento del Sol.
“También era chula la
historia que nos contaban en catequesis de confirmación” pensó.
No se le ocurrían muchas cosas divertidas a favor de la religión,
menos aún con los rollos que le soltaba la abuela Carmen sobre
rezar, rezar y rezar en Navidad, en Año Nuevo, en Reyes, en Semana
Santa, en cada maldito domingo, en los sábados, en vacaciones, en no
vacaciones, en los lunes... Pero la catequista, Nuria, sí que
molaba, la verdad. A sus ojos Nuria era una señora mayor de 25 años
que era bastante simpática. Les contó una historia de que los
cristianos al principio estaban obligados a celebrar una fiesta
romana dedicada al Sol. Dado que los romanos dominaban todo el mundo
y les perseguían, debían ocultarse. Esta historia molaba, la
verdad, unos tipos muy curiosos estos cristianos. No era la visión
de la abuela Carmen, que todo era rezar y rezar. También había
batallitas en las historias de Nuria.
Resulta que celebraban
estos cristianos esa fiesta al Sol y en realidad lo que estaban
celebrando era el nacimiento de Jesús, según Nuria. Decían que
Jesús era luz del mundo, o algo así, y que venía a traer alegría
y esperanza entre los pobres y los marginados. Y como los cristianos
tenían que celebrar con los romanos el nacimiento del sol, pues
hacían las veces de vivir la fiesta del Sol y en realidad celebraban
que había nacido Jesús. Prácticamente lo mismo, pero camuflado.
“Fijo que en alguna
borrachera se les escapaba algo”, se decía a sí mismo Samuel, y
es que en su casa alguno de los asistentes a las cenas o comidas se
pasaba un pelín con el vino y empezaba a decir verdades como puños,
que al día siguiente sonrojado o sonrojada intentaba disimular y
quitar hierro. “Eran divertidas estas situaciones”, pensaba
Samuel.
Pero a pesar de las
historias de D. Julio, de las historias de Nuria, y de las partes
divertidas de la cena, Samuel no encontraba argumentos claros para
entender el significado de la Navidad y qué diantres iba a poner en
la redacción de literatura.
Seguía caminando hacia
casa y... oooh, no. Ahí estaba. Un pequeño vuelco al corazón y un
poco de calor en la cara. “Se me están subiendo los colores, fijo.
Y lo va a notar”. Clara estaba al otro lado de la calle, se
despedía de Eva.
Clara vivía más o menos
cerca él y si coincidían en el camino, solían acompañarse. Pero a
Samuel cada vez se le hacía más difícil y solía tratar de
esquivarla. Samuel no aguantaba para nada las conversaciones con
Clara sobre los libros que leía que eran los que le recomendaba
Samuel. De los gustos musicales de Clara, aunque se parecían mucho a
los de Samuel. La verdad, se ponía nervioso cada vez que empezaba
Clara a contarle alguna historia de su último fin de semana, algo
aburridillo con sus amigas y con ganas de hacer otras cosas
distintas. Así que había decidido evitar encontrársela y hacía un
poco el remolón con sus amigos antes de ir para casa.
“¡¡¡Hola, Samuel!!!”
le llamó Clara desde el otro lado. “Uffffffff” pensó Samuel.
“Qué rollo... está guapa... muy guapa, pero qué rollo”.
“¿Qué te parece la
redacción del de literatura? Yo creo que ya tengo tema y voy a hacer
algo sobre la Navidad y las luces”, le dijo Clara. Le habló de que
en su casa se ponen muchas luces de Navidad, como símbolo de
alegría, de bienvenida a los familiares que van a comer o cenar esos
días, o de los que van a visitar. También de la alegría que le
suponía montar el Belén y el árbol de Navidad con su familia.
“Pues yo no sé qué
haré, la verdad”, dijo Samuel. “La Navidad es un rollo, no
encuentro ningún tema para la redacción y, la verdad, no significa
nada para mí”, le dijo Samuel. “Para mí, la Navidad, en contra
tuya, es un poco oscura, no tiene mucho sentido”.
Ya llegaba el momento de
separarse. Se iban a despedir y se hizo un silencio tenso. Iban a
pasar varios días sin verse, lo correcto era desearse Feliz Navidad,
Feliz Año, que te traigan muchas cosas los Reyes... Lo típico.
“¿Y ahora qué?”,
pensó Samuel. “Joder, joder, joder”. Esto no estaba en sus
planes, ¿qué haría? ¿darle la mano y hasta luego? ¿Darle dos
besos como cuando se ven por la tarde los sábados? La tensión se le
empezó a subir y decidió que le daría la mano y se largaría. Y
ya. No estaba para bromas, se le estaban subiendo los colores y lo
mejor era atajar la situación rápido, y no tenía una bola de papel
a mano, así que no podía lanzársela a la cabeza y correr.
Así, él le tendió la
mano y Clara se adelantó para darle dos besos. Torpemente Samuel se
lió, primero la mejilla derecha y luego izquierda... ¿o era al
revés?... total, que sin saber cómo se encontró los labios de
Clara sobre los suyos. Un vuelco al corazón, dos vuelcos, tres. Los
pelos de la nuca erizados, un sudor frío, y unos eternos segundos en
los que parecía que una poderosa sustancia química se adueñaba de
todos y cada uno de los vasos sanguíneos de su cuerpo.
Clara se separó, estaba
sonrojada y francamente guapísima. Se sonreía. Clara y él rozaron
sus dedos, ella se dio la vuelta y cruzó la calle. Al terminar el
paso de peatones se volvió, le saludó con la mano sonriendo
tímidamente y continuó el camino rápido.
Samuel acopió algo la
compostura y avanzó a su casa. No dejaba de pensar en el beso que le
dio Clara, había sido una pasada, le había gustado más que ningún
otro que hubiera recibido antes. Entró en el portal y siguió
pensando en ese beso. Le dio al botón y la luz se encendió. Se
quedó allí quieto un instante, sonriendo, antes de tomar la
dirección al ascensor.
Y entonces, en medio de
toda la subida de energía, surgió otra vez el pensamiento sobre la
redacción. ¿Pero qué iba a hacer ahora de redacción? Seguía sin
saber qué significaba la Navidad para él. “Joder, suspenderé esa
redacción seguro”. El temporizador de la luz se acabó y la
oscuridad volvió a hacerse en el portal de Samuel.
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