jueves, 21 de enero de 2016

CUENTO DE NAVIDAD

CUENTO DE NAVIDAD

Jorge Rodríguez Sánchez

“¡¡Vaya rollo, joder!! ¡¡otra vez los mismos deberes de todos los años!! Otra vez esa maldita redacción sobre la Navidad para estos días de vacaciones. Mira, me parece normal que manden mates, física y química, biología... pero este rollo en literatura me tiene rallado”.

Samuel salía del Instituto camino a casa, ya había dejado a todos los colegas de clase, se habían despedido e iba pitando a comer. Tenía muchos planes para esas Navidades, supongo que unas pachangas de futbito con los de clase, algunas canastas con el grupo del barrio, hacerse unas risas con los compas de las clases particulares... No me digas que no estaba mal.

“Pero otra vez con estas historias, fijo que me cortan todos los planes”. Samuel no tenía grandes problemas con las asignaturas de ciencias, sí con las relacionadas con las letras, y especialmente si había que echarle imaginación al tema. Y especialmente la Navidad. La verdad, es que no entendía nada de aquellas fechas, ¿para qué?.

“La verdad, no entiendo estas fechas” Pensaba. “Al final, todo se resume en lo siguiente: El día 22 me dan vacaciones, con este pretexto, mis padres me obligan a hacer cosas en casa, como arreglar mi cuarto, ayudar a mi hermana pequeña con sus deberes, sacar las fotos de la cámara de fotos y ordenarlas para que se puedan ver, poner a punto el movil de mamá que no se entera de nada de electrónica. Después, llega la Nochebuena y el día de Navidad. Ya me pillan de vuelta de todo como para ilusionarme con Papás Noeles y otros rollos mágicos y chipiritifláuticos. Ir a casa de los tíos, hablar con los petardos de los primos y sus fantasías, hacerle la ola a mi prima Julia por sus notazas en clase, que me lo pasen por los morros y me digan cuánto debo aprender de ella...”.

Samuel pensaba es que sus contactos con la familia eran un compromiso que no le apetecía para nada pasar. Al fin y al cabo, todos vivían en la misma ciudad y apenas se veían. Que las Navidades sean obligatoriamente las fechas para verse le ponía de los nervios. Total, el resto del año podían visitarse y no lo hacían.

“Bueno, la verdad, es que yo no tengo normalmente mucho tiempo para ir a verlos”, pensó. Entre las clases particulares, las catequesis de confirmación, los entrenamientos de judo y los ratos con los colegas, Samuel ya estaba bien ocupado. Pero vamos, que ellos podían poner algo de su parte. Podrían haber ido a visitarle los sábados por la tarde... aunque no, mejor que no. Los sábados le apetecía descansar después de comer para poder ir a dar la vuelta con los amigos.

“Vaya, que no entiendo estas obligaciones de ir a ver a la familia en Nochebuena para felicitarles”.

La Navidad seguía sin ofrecerle ningún tipo de motivo para rellenar una redacción. “Si no significa nada...”.

Samuel se acordó en ese momento de lo que les contaba el profe de historia, una vez, cuando comenzó lo que se suele llamar el Adviento. Recuerda que el profe les contaba un rollete que sonaba bien, pero que tampoco era tan importante como para poder ilusionarse con esos días de Navidad.

“La Navidad es una fiesta cristiana”, les contaba. “pero hay otras culturas que celebraban estas fechas antes que los cristianos. Algunas culturas creían que el dios del sol nació el día más corto del año, y que los días se hacían más largos a medida que el dios se hacía más viejo. Algunas de las culturas que celebraban estas fiestas eran los romanos.

Para los romanos, el 25 de diciembre celebraban la fiesta del Nacimiento del Sol. Esta fiesta la relacionaban con el nacimiento de Apolo y era en estas fechas del solsticio de invierno. Además, durante siete días celebraban Saturnalia, en honor a Saturno. Era un tiempo en que los romanos posponían las guerras, los negocios, había intercambios de regalos y liberaban temporalmente a sus esclavos.

Otros que celebraban estos días relacionados con el Sol eran los germanos y escandinavos, que celebraban el nacimiento del dios nórdico del sol naciente”.

A Samuel le caía bien D. Julio. Era un buen profe que les dejaba un poco de manga ancha en clase. Se podía uno reír con los compañeros de atrás, o los de adelante, o tirarle alguna bola de papel a las chicas de los laterales. Por cierto, que en la última clase Samuel tuvo un pequeño encontronazo con Clara.

“Eres un idiota, Samuel” le gritó en la última clase de historia. Samuel no entendía nada, normalmente soportaba bien las bromas, pero últimamente Clara se soliviantaba bastante con él cada vez que le tiraba una, de un tiempo a esta parte no se tomaba demasiado bien estas cosas. “Eres un idiota, Samuel. Parece que en lugar de 15 años tuvieras 7”. Es cierto, quizás se estaba pasando un poco con ella, pero vamos, que apenas le hacía nada... o sí. No sabía exactamente por qué, le entraban ganas de tirarle bolas de papel cada vez que D. Julio se daba la vuelta. O sí sabía por qué, pero ese era otro de los rollos de los que pasaba. La verdad, Clara molaba. Pero no le hacía ni caso. Estaba todo el día hablando con Eva de chicos, de ropa, de películas de vampiros y la serie Eclipse. Esos rollos románticos que se traen las chicas. A Samuel ni le apetecía oír cosas de ropa, ni oír hablar de chicos, ni mucho menos de las petardadas romanticonas de Eva y Clara. No quería ni oír hablar de Clara. Ni de sus rizos, ni de su pelo negro. Ni de su sonrisa casi perfecta, ni de los ojazos... Que no, que no quería ni oír hablar de Clara.

Y se iba a pasar la Navidad entera sin verla. Ese debiera ser un motivo para que fuera bien la Navidad, ¿no?, colegas, futbol, canastas... y no ver a Clara llamándole idiota otra vez. Sí, un gran plan.

Conforme iba pensando estas cosas se iba haciendo el camino a casa. Cruzar un paso de peatones en rojo, oír pitar y gritar al conductor del coche que, a punto de atropellarle, juró no sé cuántas cosas al respecto de sus padres y la cárcel... Y Samuel seguía sin tener argumentos para la redacción. Argumentos para una redacción casposa que le habían mandado en el instituto, y para pensar qué significaba la Navidad para él. Nada, no tenía ningún significado, como para los romanos y su bonita historia del nacimiento del Sol.

“También era chula la historia que nos contaban en catequesis de confirmación” pensó. No se le ocurrían muchas cosas divertidas a favor de la religión, menos aún con los rollos que le soltaba la abuela Carmen sobre rezar, rezar y rezar en Navidad, en Año Nuevo, en Reyes, en Semana Santa, en cada maldito domingo, en los sábados, en vacaciones, en no vacaciones, en los lunes... Pero la catequista, Nuria, sí que molaba, la verdad. A sus ojos Nuria era una señora mayor de 25 años que era bastante simpática. Les contó una historia de que los cristianos al principio estaban obligados a celebrar una fiesta romana dedicada al Sol. Dado que los romanos dominaban todo el mundo y les perseguían, debían ocultarse. Esta historia molaba, la verdad, unos tipos muy curiosos estos cristianos. No era la visión de la abuela Carmen, que todo era rezar y rezar. También había batallitas en las historias de Nuria.

Resulta que celebraban estos cristianos esa fiesta al Sol y en realidad lo que estaban celebrando era el nacimiento de Jesús, según Nuria. Decían que Jesús era luz del mundo, o algo así, y que venía a traer alegría y esperanza entre los pobres y los marginados. Y como los cristianos tenían que celebrar con los romanos el nacimiento del sol, pues hacían las veces de vivir la fiesta del Sol y en realidad celebraban que había nacido Jesús. Prácticamente lo mismo, pero camuflado.

“Fijo que en alguna borrachera se les escapaba algo”, se decía a sí mismo Samuel, y es que en su casa alguno de los asistentes a las cenas o comidas se pasaba un pelín con el vino y empezaba a decir verdades como puños, que al día siguiente sonrojado o sonrojada intentaba disimular y quitar hierro. “Eran divertidas estas situaciones”, pensaba Samuel.

Pero a pesar de las historias de D. Julio, de las historias de Nuria, y de las partes divertidas de la cena, Samuel no encontraba argumentos claros para entender el significado de la Navidad y qué diantres iba a poner en la redacción de literatura.

Seguía caminando hacia casa y... oooh, no. Ahí estaba. Un pequeño vuelco al corazón y un poco de calor en la cara. “Se me están subiendo los colores, fijo. Y lo va a notar”. Clara estaba al otro lado de la calle, se despedía de Eva.

Clara vivía más o menos cerca él y si coincidían en el camino, solían acompañarse. Pero a Samuel cada vez se le hacía más difícil y solía tratar de esquivarla. Samuel no aguantaba para nada las conversaciones con Clara sobre los libros que leía que eran los que le recomendaba Samuel. De los gustos musicales de Clara, aunque se parecían mucho a los de Samuel. La verdad, se ponía nervioso cada vez que empezaba Clara a contarle alguna historia de su último fin de semana, algo aburridillo con sus amigas y con ganas de hacer otras cosas distintas. Así que había decidido evitar encontrársela y hacía un poco el remolón con sus amigos antes de ir para casa.

“¡¡¡Hola, Samuel!!!” le llamó Clara desde el otro lado. “Uffffffff” pensó Samuel. “Qué rollo... está guapa... muy guapa, pero qué rollo”.

“¿Qué te parece la redacción del de literatura? Yo creo que ya tengo tema y voy a hacer algo sobre la Navidad y las luces”, le dijo Clara. Le habló de que en su casa se ponen muchas luces de Navidad, como símbolo de alegría, de bienvenida a los familiares que van a comer o cenar esos días, o de los que van a visitar. También de la alegría que le suponía montar el Belén y el árbol de Navidad con su familia.

“Pues yo no sé qué haré, la verdad”, dijo Samuel. “La Navidad es un rollo, no encuentro ningún tema para la redacción y, la verdad, no significa nada para mí”, le dijo Samuel. “Para mí, la Navidad, en contra tuya, es un poco oscura, no tiene mucho sentido”.

Ya llegaba el momento de separarse. Se iban a despedir y se hizo un silencio tenso. Iban a pasar varios días sin verse, lo correcto era desearse Feliz Navidad, Feliz Año, que te traigan muchas cosas los Reyes... Lo típico.

“¿Y ahora qué?”, pensó Samuel. “Joder, joder, joder”. Esto no estaba en sus planes, ¿qué haría? ¿darle la mano y hasta luego? ¿Darle dos besos como cuando se ven por la tarde los sábados? La tensión se le empezó a subir y decidió que le daría la mano y se largaría. Y ya. No estaba para bromas, se le estaban subiendo los colores y lo mejor era atajar la situación rápido, y no tenía una bola de papel a mano, así que no podía lanzársela a la cabeza y correr.

Así, él le tendió la mano y Clara se adelantó para darle dos besos. Torpemente Samuel se lió, primero la mejilla derecha y luego izquierda... ¿o era al revés?... total, que sin saber cómo se encontró los labios de Clara sobre los suyos. Un vuelco al corazón, dos vuelcos, tres. Los pelos de la nuca erizados, un sudor frío, y unos eternos segundos en los que parecía que una poderosa sustancia química se adueñaba de todos y cada uno de los vasos sanguíneos de su cuerpo.

Clara se separó, estaba sonrojada y francamente guapísima. Se sonreía. Clara y él rozaron sus dedos, ella se dio la vuelta y cruzó la calle. Al terminar el paso de peatones se volvió, le saludó con la mano sonriendo tímidamente y continuó el camino rápido.

Samuel acopió algo la compostura y avanzó a su casa. No dejaba de pensar en el beso que le dio Clara, había sido una pasada, le había gustado más que ningún otro que hubiera recibido antes. Entró en el portal y siguió pensando en ese beso. Le dio al botón y la luz se encendió. Se quedó allí quieto un instante, sonriendo, antes de tomar la dirección al ascensor.

Y entonces, en medio de toda la subida de energía, surgió otra vez el pensamiento sobre la redacción. ¿Pero qué iba a hacer ahora de redacción? Seguía sin saber qué significaba la Navidad para él. “Joder, suspenderé esa redacción seguro”. El temporizador de la luz se acabó y la oscuridad volvió a hacerse en el portal de Samuel.

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