miércoles, 13 de diciembre de 2023

JUEGOS CON LA R

 Hola, Miguel Ángel,

Me recuerdas al profesor que conservo en los retratos de paredes y carpetas.

Al señor que rompía el rumor de las risas adolescentes con sus ruidos de tizas, a aquel hombre con su

borrador y sus broncas sin retranca.

Me recuerdas a ese profesor que, entre programas de estudios y con prisas nos quería enseñar arte, a veces

románico, a veces gótico, otras barroco, otras rococó.

Me recuerdas que no hice trizas la promesa que hice con mis hermanos de correrías de vivir con espíritu

renovador, aunque todo se hiciera ruinas, y reescribir cada día la lección aprendida.

EINSTEIN

 EINSTEIN


http://elpais.com/elpais/2016/02/11/ciencia/1455219778_040681.html


La llegada de Einstein aquel día al despacho de la Universidad de Princeton debió ser como la colosal

explosión de un agujero negro. No cabía en su pensamiento que un anónimo corrector de cualquier otra

Universidad hubiera retado los años de trabajo que le habían supuesto la publicación de ese artículo.

Normalmente, nadie se atrevía a cuestionar sus trabajos.

En ese despacho marrón, de madera, lleno de pizarras con los desarrollos matemáticos de los enunciados

que emanaban de su prestigiosa cabeza, alguien le pedía que pasara su borrador sobre algunas partes de

las ecuaciones que había planteado y que pretendían dar una explicación al devenir del cosmos. Él, un

genio reconocido a nivel internacional, había sido objeto de un ataque sin precedentes.

Su rostro, surcado por las arrugas, estaría tenso. Hubiera sido como un gran viaje por el cosmos

imaginarse introducido en una nave, pequeña, infinitamente pequeña, que penetrara por alguno de los

orificios del rostro del científico y que daban paso a ese prodigioso cerebro, pudiendo así observar los

impulsos eléctricos que comunicaban una neurona con otra de una forma que en pocos seres humanos se

puede de reproducir.

Me imagino que el espacio y el tiempo estallaban en ese microcosmos neuronal, de la misma forma que

en las grandes nebulosas como la de Orión, donde nacen unas estrellas y mueren otras, en una tormenta

cósmica supergigante del orgullo de un hombre ya maduro hecho a sí mismo.

Hoy se pueden resolver con superordenadores las ecuaciones, corregir los algoritmos que él exponía y

parecían sensatos sólo por el hecho de salir de esa mente, y visualizar en colores rojos, violetas, amarillos

o azules si se llega a una solución adecuada o no tales conjuntos de números, de letras griegas y latinas

que intentaban responder a las preguntas “de dónde venimos, a dónde vamos, quiénes somos”.

Pero en aquella época, solo unos pocos podían analizar esos cálculos y determinar que hasta las estrellas,

además de ser hermosas, además de enamorarnos en las noches de verano, obedecen a fuerzas más

poderosas que ellas mismas y que se escapan a su control. Y uno de esos pocos, un humilde investigador,

corrigió a la eminencia sin la ayuda de esas computadoras.

Ese día, Einstein demostró que las estrellas están ahí para decirnos muchas más cosas de las que

pensamos. Que están ahí para decirnos no sólo que la Vía Láctea es un conjunto de hielo, rocas estelares y

gases incandescentes, no sólo que nuestra galaxia es la respuesta a un equilibrio entre materia, antimateria

y gravedad, no sólo que el Universo proviene de un estallido violento y no sólo que viajar a través del

tiempo depende de la velocidad que podamos alcanzar.

Einstein demostró ese día que las estrellas están ahí para decir que el más grande de los genios es una

minúscula partícula del cosmos, y que hasta esa minúscula partícula o lo que es lo mismo, hasta el más

grande de los genios, puede equivocarse. Y que esa partícula puede reconocer su error y recalcular las

ecuaciones que rigen su vida, tanto las que provienen de la física teórica como las que provienen de la

experiencia. Y que a veces, esa partícula necesita la ayuda de otras partículas para describir una realidad

más exacta que la que se observa con las gafas del orgullo.

HORMIGAS

 HORMIGAS


Para mí la llegada de la primavera significa una cosa: HORMIGAS!! Si señor, a la salida del cole, cuando mamá nos recoge, nos lleva a ver a las hormigas. Son terribles estas hormigas. 


Nos lleva los viernes por la tarde al solar abandonado cerquita del cole, donde venden pimientos en otoño y están todos los abuelos comprando y pasando el rato entre montones y montones de pimientos rojos de todos los tamaños. 


Es divertido ir a verlas, lo primero de todo, hay que localizar sus casitas. Mamá las llama “hormigueros”, pero debe ser su casita, aunque no son casitas normales, como la mía. 


Para empezar, no tienen calle. Tú no puedes acercarte a una hormiguita y preguntarle: ¿en qué calle vives, hormiguita? Imagino que los Reyes Magos lo tendrán difícil para repartirles sus regalos, aunque claro, los Reyes son precisamente Magos, como dice mamá.


Pues esas “calles” son ellas, porque hay montones de filas distintas de hormiguitas paseando por el solar abandonado una detrás de otra, sin perderse una de otra. Es como cuando vamos todos en el cole de excursión y la maestra nos manda cogernos de la mano e ir en fila. Pero estas hormiguitas no se despistan, ni parece que les riña la maestra, como hace con nosotros, que solemos soltarnos de la mano y echar a correr siempre que hay cosas más importantes que seguir la fila, como ver una bolsa revoloteando con el aire o más genial aún, cuando aparecen perritos que nos saludan con sus colitas moviéndose al vernos pasar.


Son terribles estas hormiguitas, que siguen su fila, que no se pierden, y esas filas deben ser sus calles. Son curiosas esas calles porque se parecen algo a las de las personas mayores, que llevan en sus coches montones de cosas y las llevan y las traen a distintos sitios, como sus casas o las tiendas o las oficinas. Pero muchísimo más serio y ordenado. Las hormiguitas salen de su casa-hormiguero sin nada, y vuelven con un granito de arroz, o una hoja, o una miguita de pan, en esa misma calle.


Y llegan a sus casitas, que son agujeros en la tierra. Agujeros totalmente negros. Y circulares. Y tienen un montoncito de tierra a su alrededor. Dice mamá que en invierno, tapan los agujeros con esos montones de tierra, y que es para no pasar frío. Yo no me lo creo, porque si fuera así, lo tienen que tener difícil para salir y entrar todos los días. Aunque mamá me dice que no salen luego en todo el invierno porque guardan toda la comida durante el verano para poder pasar el invierno sin necesidad de salir a la calle. Pero, ¿en serio que no salen en todo el invierno? ¿Y cómo van al cole? ¿Y cómo juegan a polis y cacos? Y una cuestión que me tiene más intrigado aún: ¿Y cómo entran los Reyes Magos a sus casas? Mamá me insiste que los Reyes son precisamente eso, magos, y por eso pueden. Pero no sé, yo tengo que dejar una ventana abierta para que entren, ¿las hormiguitas no? Vamos, hombre, que esto no encaja.


Y así nos pasamos la tarde del viernes en primavera, la tata, la mamá y yo. Papá suele llegar más tarde, a recogernos con el coche para ir a casa. Pero antes hay que hacer millones de cosas, como por ejemplo, merendar viendo a las hormigas. Los viernes por la tarde es lo mismo que decir bocadillo de nocilla. Esto me tiene intrigado también: ¿Dónde compran la nocilla las hormigas? Mamá dice que no compran nocilla, que les puedo dar yo un poco de mi bocadillo para que la prueben. Yo les doy alguna miguita, pero vamos, que no, que si quieren nocilla, que hagan tiendas de nocilla y se la compren allí, que yo espero tooooda la semana para comer mi bocadillo de nocilla y no les tengo que dar todo, vamos hombre, hasta aquí podemos llegar.


Tengo ganas de que llegue el viernes ya porque voy a hacer un experimento: ¿a las hormigas les gusta el batido de chocolate? ¿Y cómo lo beben? Pero qué ganas que tengo de que llegue el viernes…



TRATANDO DE PONERME EN LA MENTE DEL MALTRATADOR

 RELATO POLÍTICAMENTE INCORRECTO: EL AGOTADOR REGRESO A CASA


Estoy llegando a casa después de un día y una semana de trabajo. Allí estará ella. Me agota, me agota verla una y otra vez quejándose, nerviosa, ansiosa, cansada. Me agota verla allí, culpándose de todo nos vaya mal, pero sin solucionar nada. Con esos ojos de loca como pidiéndome explicaciones, y yo ya no sé qué más decirle que debe hacer, el amor es así, se siente o no. 


Últimamente me enerva, tengo que empezar a hacer algo porque parece que no entiende lo que realmente le pasa. Busca médicos, busca psicólogos, y… ¡No se da cuenta!! ¡El problema real es ella! Yo trato de decírselo constantemente: los médicos no tienen ni idea, no van a dar con tu problema. Porque ella tiene algo relacionado con su autoestima y la falta de confianza en mí. Sólo nosotros juntos vamos a solucionarlo. Sólo juntos voy a poder quitarle esos traumas que tiene y por los que no piensa como alguien normal.


También le insisto que no debe hablar con sus amigas de sus locuras mentales… ¿Pero es que no se va a dar cuenta que en realidad no tiene amigas? ¿Cuándo se va a dar cuenta que son unas egoístas que sólo buscan el morbo o aprovecharse de ella? Y encima, parece que la quieren separar de mí. No puede ser, también están locas. El único que puede ayudarla soy yo, nadie más. Una de ellas es una frustrada que no ha encontrado pareja estable nunca, ¿cómo tiene el valor de intentar separarla de mí, aunque sea por unos minutos? Otra de ellas una amargada que su última pareja la abandonó, ¿y pretende saber qué debe decirle, cómo, y sacarla por ahí? ¿Y pretende esa saber qué es el amor? Claro, como a ella le ha ido mal con los hombres, lo nuestro va mal por mi culpa. En fin, está claro que lo que mi mujer necesita es quedarse en casa, conmigo, descansando a mi lado. 


Seguro que empieza con sus tonterías de siempre, que yo no me centro en la relación, que quiere familia, pero es ella la que no hace nada por mí, absolutamente nada. Bastante hago con trabajar para mantener mis necesidades básicas y compartir los gastos de la casa, con todo lo que he hecho por ella. Y joder, no soy perfecto, claro que cometo errores… Y que no digo que no la quiera, no, digo que  me merezco algo mucho mejor, más adecuado a mis necesidades. Alguien que me satisfaga mucho más, que me haga sentir un hombre completo. Y aún así, sigo con ella, pocos la aguantarían, pero yo sí. ¿Y se queja de que no le digo que la quiero? Pero vamos, está loca… 


Ella es la que debería esforzarse para que yo la quiera. Al menos ya he conseguido que haga la comida, que tenga preparada la cena, que limpie algo la casa y que el dinero que gaste lo haga de forma racional, donde yo le digo que es lo sensato. Está loca, comprar cosas para la casa que no me gustan, que quiere marcharse a tomar cafés o copas con esa gente que no son amigos para nada como si fueran borrachos alcohólicos, en ese cine de mierda que le gusta ver, o ir a cenas con una gente que no me cae nada bien y no me aporta nada. 


Y aguanto, y aguanto… y no me comprende nunca. No comprende todo lo que he sufrido en la vida, no comprende todo lo que sufro por estar con ella, por reeducarla, y aún así… la aguanto. 


Y mira que se lo digo veces, que cualquiera mujer tendría muchos más detalles conmigo, que tengo mis necesidades, que necesito a alguien que no se queje todo el día, que llegue a casa y tenga todo limpio, que me haga sentir que estoy en un sitio que parezca un hogar, no esa cuadra. Que necesito a alguien que no me mire con esos ojos de loca, como pidiéndome explicaciones todo el día, pero vamos, ¡¡si yo no le debo explicaciones a nadie!! No quiero su dinero, como me echa en cara todo por que me prestó un poco de pasta. Ya compré la moto que total, ella también la disfruta cuando viene conmigo y yo la uso para ir al trabajo. Ya compré la tele de plasma, y el viaje que hice por Asia. No necesito su dinero, pero es justo que me lo preste, ¿para qué quiero si no una pareja? En eso se basan las relaciones, en compartir. Y yo lo necesito, para relajarme, ¿cómo iba a aguantar si no a esa loca?


Y mira que le digo que seguramente Miriam, o Vero, o Julia, estarían como locas por estar conmigo, pero que aún así, yo lucho por quererla. Y ella lo pone tan difícil… Yo suelo quedar con ellas, a tomar café, a reírnos… ¡¡Ellas sí que son amables y buenas conmigo!! Al final, siempre me invitan, y con lo triste que estoy por esta relación tan tóxica me dan abrazos, caricias, un poco de cariño, lo que necesito… 


Y se lo cuento a ella y encima, se enfada. Pero vamos, ¡¡si no es lo mismo ni por asomo de lo que hace ella!! Ella, que se mueve como una mala putilla delante del panadero, o del frutero, o del de la tienda de ropa. Por una parte no tengo celos, ella no se va a ir nunca con nadie, es mía y lo sabe, no se irá. Pero qué tristeza me da verla así, con lo gorda que se ha puesto, lo fea y despeinada que está, y que se mueva como si fuera una zorrita quinceañera... Y aún así, yo sigo con ella, ya se lo digo, a pesar de lo mal que se está poniendo. Tengo mucha paciencia. Me lo dice todo el mundo. 


Ya le digo que no creo estar enamorado, pero le digo que la quiero querer, que quizás tenga una pequeña crisis relacionada con su falta de atención, su egoísmo, y sus pocos detalles conmigo. También le repito que parece que estoy con ella por interés y eso es mentira, nada, ni por su casa tan cutre donde tengo que vivir, ni por sus muebles tan cutres que tuvimos que comprar por su pesadez, ni por su vida tan cutre. Si yo mañana mismo me podría ir a cualquier parte, total, nada tengo, nada debo a nadie. Pero no me voy, la aguanto. La aguanto como pocos la aguantarían, ya se lo digo.


¡¡Y a veces tiene el valor de decirme que no puede más, que está cansada, que necesita respirar!! Está loca. Yo sí que no puedo más, luchando todo el día por sacar adelante esta relación, y me lo agradece así, ¡¡ella fue la que quiso que nos casáramos!! ¡¡Ella fue la que quiso que saliéramos juntos!! Y me lo agradece así…


A cualquiera que se lo cuento, hasta Miriam, o Vero o Julia, me dicen que qué pinto con esa loca irresponsable. Me insisten sobre mi paciencia, que soy una gran persona. ¿Ves? Esas son personas sensatas, no como ella. Y se lo digo, una y otra vez, lo que me dicen Miriam, o Vero, o Julia, que ella no está haciendo las cosas bien, que no puede seguir así, que me va a perder y que por mucho menos cualquiera se hubiera ido ya. Y se vuelve loca. Y yo sin embargo, le aguanto.


En fin, comienza el fin de semana con ella, a ver qué me hace de cenar hoy y a ver qué noche me da. Si se pone muy pesada con que si la quiero otra vez, le tendré que decir otra vez lo loca que está, tanto que me está volviendo loco a mí. Aunque ya sabe que me duele decírselo, se lo diré. No hay otra forma de hacerle razonar... Tiene que comprender, tiene empatizar un poquito conmigo, ponerse en mi lugar. Su vida es fácil, y la mía no. Me agota. Me aburre…


¿O me olvido de todo y me la follo? Puede ser, aunque no me apetece mucho y lo que me aburre ella, pero me la tiro y se calla. Total, en fin de semana no hay que madrugar.  Y ella se queda tan contenta y se calla un buen rato o se va a hacer otras cosas. Lo que tengo que hacer para mantener esta relación, joder. 


Si, una buena dosis de sexo y unos besitos, así salgo también de la rutina, y puedo pasar un fin de semana tranquilo, que es lo que necesito. Me haré un poco el difícil para que crea que hay magia, que crea que me ha conquistado. Me la cepillo y ya. La calma. Ya sabe que hasta la semana que viene no habrá más y me dejará tranquilo por un buen rato. Así será un buen finde, podré aburrirme tranquilo y tomar fuerzas para aguantarla toda la semana otra vez. 


Bueno, vamos a ello, abramos la puerta y enfrentemos el fin de semana como se pueda. Fuerza, amigo, fuerza… Sigue aguantando a esa pobre loca que no tiene dónde caerse muerta. Sigue que en el fondo, la quieres.