miércoles, 13 de diciembre de 2023

JUEGOS CON LA R

 Hola, Miguel Ángel,

Me recuerdas al profesor que conservo en los retratos de paredes y carpetas.

Al señor que rompía el rumor de las risas adolescentes con sus ruidos de tizas, a aquel hombre con su

borrador y sus broncas sin retranca.

Me recuerdas a ese profesor que, entre programas de estudios y con prisas nos quería enseñar arte, a veces

románico, a veces gótico, otras barroco, otras rococó.

Me recuerdas que no hice trizas la promesa que hice con mis hermanos de correrías de vivir con espíritu

renovador, aunque todo se hiciera ruinas, y reescribir cada día la lección aprendida.

EINSTEIN

 EINSTEIN


http://elpais.com/elpais/2016/02/11/ciencia/1455219778_040681.html


La llegada de Einstein aquel día al despacho de la Universidad de Princeton debió ser como la colosal

explosión de un agujero negro. No cabía en su pensamiento que un anónimo corrector de cualquier otra

Universidad hubiera retado los años de trabajo que le habían supuesto la publicación de ese artículo.

Normalmente, nadie se atrevía a cuestionar sus trabajos.

En ese despacho marrón, de madera, lleno de pizarras con los desarrollos matemáticos de los enunciados

que emanaban de su prestigiosa cabeza, alguien le pedía que pasara su borrador sobre algunas partes de

las ecuaciones que había planteado y que pretendían dar una explicación al devenir del cosmos. Él, un

genio reconocido a nivel internacional, había sido objeto de un ataque sin precedentes.

Su rostro, surcado por las arrugas, estaría tenso. Hubiera sido como un gran viaje por el cosmos

imaginarse introducido en una nave, pequeña, infinitamente pequeña, que penetrara por alguno de los

orificios del rostro del científico y que daban paso a ese prodigioso cerebro, pudiendo así observar los

impulsos eléctricos que comunicaban una neurona con otra de una forma que en pocos seres humanos se

puede de reproducir.

Me imagino que el espacio y el tiempo estallaban en ese microcosmos neuronal, de la misma forma que

en las grandes nebulosas como la de Orión, donde nacen unas estrellas y mueren otras, en una tormenta

cósmica supergigante del orgullo de un hombre ya maduro hecho a sí mismo.

Hoy se pueden resolver con superordenadores las ecuaciones, corregir los algoritmos que él exponía y

parecían sensatos sólo por el hecho de salir de esa mente, y visualizar en colores rojos, violetas, amarillos

o azules si se llega a una solución adecuada o no tales conjuntos de números, de letras griegas y latinas

que intentaban responder a las preguntas “de dónde venimos, a dónde vamos, quiénes somos”.

Pero en aquella época, solo unos pocos podían analizar esos cálculos y determinar que hasta las estrellas,

además de ser hermosas, además de enamorarnos en las noches de verano, obedecen a fuerzas más

poderosas que ellas mismas y que se escapan a su control. Y uno de esos pocos, un humilde investigador,

corrigió a la eminencia sin la ayuda de esas computadoras.

Ese día, Einstein demostró que las estrellas están ahí para decirnos muchas más cosas de las que

pensamos. Que están ahí para decirnos no sólo que la Vía Láctea es un conjunto de hielo, rocas estelares y

gases incandescentes, no sólo que nuestra galaxia es la respuesta a un equilibrio entre materia, antimateria

y gravedad, no sólo que el Universo proviene de un estallido violento y no sólo que viajar a través del

tiempo depende de la velocidad que podamos alcanzar.

Einstein demostró ese día que las estrellas están ahí para decir que el más grande de los genios es una

minúscula partícula del cosmos, y que hasta esa minúscula partícula o lo que es lo mismo, hasta el más

grande de los genios, puede equivocarse. Y que esa partícula puede reconocer su error y recalcular las

ecuaciones que rigen su vida, tanto las que provienen de la física teórica como las que provienen de la

experiencia. Y que a veces, esa partícula necesita la ayuda de otras partículas para describir una realidad

más exacta que la que se observa con las gafas del orgullo.

HORMIGAS

 HORMIGAS


Para mí la llegada de la primavera significa una cosa: HORMIGAS!! Si señor, a la salida del cole, cuando mamá nos recoge, nos lleva a ver a las hormigas. Son terribles estas hormigas. 


Nos lleva los viernes por la tarde al solar abandonado cerquita del cole, donde venden pimientos en otoño y están todos los abuelos comprando y pasando el rato entre montones y montones de pimientos rojos de todos los tamaños. 


Es divertido ir a verlas, lo primero de todo, hay que localizar sus casitas. Mamá las llama “hormigueros”, pero debe ser su casita, aunque no son casitas normales, como la mía. 


Para empezar, no tienen calle. Tú no puedes acercarte a una hormiguita y preguntarle: ¿en qué calle vives, hormiguita? Imagino que los Reyes Magos lo tendrán difícil para repartirles sus regalos, aunque claro, los Reyes son precisamente Magos, como dice mamá.


Pues esas “calles” son ellas, porque hay montones de filas distintas de hormiguitas paseando por el solar abandonado una detrás de otra, sin perderse una de otra. Es como cuando vamos todos en el cole de excursión y la maestra nos manda cogernos de la mano e ir en fila. Pero estas hormiguitas no se despistan, ni parece que les riña la maestra, como hace con nosotros, que solemos soltarnos de la mano y echar a correr siempre que hay cosas más importantes que seguir la fila, como ver una bolsa revoloteando con el aire o más genial aún, cuando aparecen perritos que nos saludan con sus colitas moviéndose al vernos pasar.


Son terribles estas hormiguitas, que siguen su fila, que no se pierden, y esas filas deben ser sus calles. Son curiosas esas calles porque se parecen algo a las de las personas mayores, que llevan en sus coches montones de cosas y las llevan y las traen a distintos sitios, como sus casas o las tiendas o las oficinas. Pero muchísimo más serio y ordenado. Las hormiguitas salen de su casa-hormiguero sin nada, y vuelven con un granito de arroz, o una hoja, o una miguita de pan, en esa misma calle.


Y llegan a sus casitas, que son agujeros en la tierra. Agujeros totalmente negros. Y circulares. Y tienen un montoncito de tierra a su alrededor. Dice mamá que en invierno, tapan los agujeros con esos montones de tierra, y que es para no pasar frío. Yo no me lo creo, porque si fuera así, lo tienen que tener difícil para salir y entrar todos los días. Aunque mamá me dice que no salen luego en todo el invierno porque guardan toda la comida durante el verano para poder pasar el invierno sin necesidad de salir a la calle. Pero, ¿en serio que no salen en todo el invierno? ¿Y cómo van al cole? ¿Y cómo juegan a polis y cacos? Y una cuestión que me tiene más intrigado aún: ¿Y cómo entran los Reyes Magos a sus casas? Mamá me insiste que los Reyes son precisamente eso, magos, y por eso pueden. Pero no sé, yo tengo que dejar una ventana abierta para que entren, ¿las hormiguitas no? Vamos, hombre, que esto no encaja.


Y así nos pasamos la tarde del viernes en primavera, la tata, la mamá y yo. Papá suele llegar más tarde, a recogernos con el coche para ir a casa. Pero antes hay que hacer millones de cosas, como por ejemplo, merendar viendo a las hormigas. Los viernes por la tarde es lo mismo que decir bocadillo de nocilla. Esto me tiene intrigado también: ¿Dónde compran la nocilla las hormigas? Mamá dice que no compran nocilla, que les puedo dar yo un poco de mi bocadillo para que la prueben. Yo les doy alguna miguita, pero vamos, que no, que si quieren nocilla, que hagan tiendas de nocilla y se la compren allí, que yo espero tooooda la semana para comer mi bocadillo de nocilla y no les tengo que dar todo, vamos hombre, hasta aquí podemos llegar.


Tengo ganas de que llegue el viernes ya porque voy a hacer un experimento: ¿a las hormigas les gusta el batido de chocolate? ¿Y cómo lo beben? Pero qué ganas que tengo de que llegue el viernes…



TRATANDO DE PONERME EN LA MENTE DEL MALTRATADOR

 RELATO POLÍTICAMENTE INCORRECTO: EL AGOTADOR REGRESO A CASA


Estoy llegando a casa después de un día y una semana de trabajo. Allí estará ella. Me agota, me agota verla una y otra vez quejándose, nerviosa, ansiosa, cansada. Me agota verla allí, culpándose de todo nos vaya mal, pero sin solucionar nada. Con esos ojos de loca como pidiéndome explicaciones, y yo ya no sé qué más decirle que debe hacer, el amor es así, se siente o no. 


Últimamente me enerva, tengo que empezar a hacer algo porque parece que no entiende lo que realmente le pasa. Busca médicos, busca psicólogos, y… ¡No se da cuenta!! ¡El problema real es ella! Yo trato de decírselo constantemente: los médicos no tienen ni idea, no van a dar con tu problema. Porque ella tiene algo relacionado con su autoestima y la falta de confianza en mí. Sólo nosotros juntos vamos a solucionarlo. Sólo juntos voy a poder quitarle esos traumas que tiene y por los que no piensa como alguien normal.


También le insisto que no debe hablar con sus amigas de sus locuras mentales… ¿Pero es que no se va a dar cuenta que en realidad no tiene amigas? ¿Cuándo se va a dar cuenta que son unas egoístas que sólo buscan el morbo o aprovecharse de ella? Y encima, parece que la quieren separar de mí. No puede ser, también están locas. El único que puede ayudarla soy yo, nadie más. Una de ellas es una frustrada que no ha encontrado pareja estable nunca, ¿cómo tiene el valor de intentar separarla de mí, aunque sea por unos minutos? Otra de ellas una amargada que su última pareja la abandonó, ¿y pretende saber qué debe decirle, cómo, y sacarla por ahí? ¿Y pretende esa saber qué es el amor? Claro, como a ella le ha ido mal con los hombres, lo nuestro va mal por mi culpa. En fin, está claro que lo que mi mujer necesita es quedarse en casa, conmigo, descansando a mi lado. 


Seguro que empieza con sus tonterías de siempre, que yo no me centro en la relación, que quiere familia, pero es ella la que no hace nada por mí, absolutamente nada. Bastante hago con trabajar para mantener mis necesidades básicas y compartir los gastos de la casa, con todo lo que he hecho por ella. Y joder, no soy perfecto, claro que cometo errores… Y que no digo que no la quiera, no, digo que  me merezco algo mucho mejor, más adecuado a mis necesidades. Alguien que me satisfaga mucho más, que me haga sentir un hombre completo. Y aún así, sigo con ella, pocos la aguantarían, pero yo sí. ¿Y se queja de que no le digo que la quiero? Pero vamos, está loca… 


Ella es la que debería esforzarse para que yo la quiera. Al menos ya he conseguido que haga la comida, que tenga preparada la cena, que limpie algo la casa y que el dinero que gaste lo haga de forma racional, donde yo le digo que es lo sensato. Está loca, comprar cosas para la casa que no me gustan, que quiere marcharse a tomar cafés o copas con esa gente que no son amigos para nada como si fueran borrachos alcohólicos, en ese cine de mierda que le gusta ver, o ir a cenas con una gente que no me cae nada bien y no me aporta nada. 


Y aguanto, y aguanto… y no me comprende nunca. No comprende todo lo que he sufrido en la vida, no comprende todo lo que sufro por estar con ella, por reeducarla, y aún así… la aguanto. 


Y mira que se lo digo veces, que cualquiera mujer tendría muchos más detalles conmigo, que tengo mis necesidades, que necesito a alguien que no se queje todo el día, que llegue a casa y tenga todo limpio, que me haga sentir que estoy en un sitio que parezca un hogar, no esa cuadra. Que necesito a alguien que no me mire con esos ojos de loca, como pidiéndome explicaciones todo el día, pero vamos, ¡¡si yo no le debo explicaciones a nadie!! No quiero su dinero, como me echa en cara todo por que me prestó un poco de pasta. Ya compré la moto que total, ella también la disfruta cuando viene conmigo y yo la uso para ir al trabajo. Ya compré la tele de plasma, y el viaje que hice por Asia. No necesito su dinero, pero es justo que me lo preste, ¿para qué quiero si no una pareja? En eso se basan las relaciones, en compartir. Y yo lo necesito, para relajarme, ¿cómo iba a aguantar si no a esa loca?


Y mira que le digo que seguramente Miriam, o Vero, o Julia, estarían como locas por estar conmigo, pero que aún así, yo lucho por quererla. Y ella lo pone tan difícil… Yo suelo quedar con ellas, a tomar café, a reírnos… ¡¡Ellas sí que son amables y buenas conmigo!! Al final, siempre me invitan, y con lo triste que estoy por esta relación tan tóxica me dan abrazos, caricias, un poco de cariño, lo que necesito… 


Y se lo cuento a ella y encima, se enfada. Pero vamos, ¡¡si no es lo mismo ni por asomo de lo que hace ella!! Ella, que se mueve como una mala putilla delante del panadero, o del frutero, o del de la tienda de ropa. Por una parte no tengo celos, ella no se va a ir nunca con nadie, es mía y lo sabe, no se irá. Pero qué tristeza me da verla así, con lo gorda que se ha puesto, lo fea y despeinada que está, y que se mueva como si fuera una zorrita quinceañera... Y aún así, yo sigo con ella, ya se lo digo, a pesar de lo mal que se está poniendo. Tengo mucha paciencia. Me lo dice todo el mundo. 


Ya le digo que no creo estar enamorado, pero le digo que la quiero querer, que quizás tenga una pequeña crisis relacionada con su falta de atención, su egoísmo, y sus pocos detalles conmigo. También le repito que parece que estoy con ella por interés y eso es mentira, nada, ni por su casa tan cutre donde tengo que vivir, ni por sus muebles tan cutres que tuvimos que comprar por su pesadez, ni por su vida tan cutre. Si yo mañana mismo me podría ir a cualquier parte, total, nada tengo, nada debo a nadie. Pero no me voy, la aguanto. La aguanto como pocos la aguantarían, ya se lo digo.


¡¡Y a veces tiene el valor de decirme que no puede más, que está cansada, que necesita respirar!! Está loca. Yo sí que no puedo más, luchando todo el día por sacar adelante esta relación, y me lo agradece así, ¡¡ella fue la que quiso que nos casáramos!! ¡¡Ella fue la que quiso que saliéramos juntos!! Y me lo agradece así…


A cualquiera que se lo cuento, hasta Miriam, o Vero o Julia, me dicen que qué pinto con esa loca irresponsable. Me insisten sobre mi paciencia, que soy una gran persona. ¿Ves? Esas son personas sensatas, no como ella. Y se lo digo, una y otra vez, lo que me dicen Miriam, o Vero, o Julia, que ella no está haciendo las cosas bien, que no puede seguir así, que me va a perder y que por mucho menos cualquiera se hubiera ido ya. Y se vuelve loca. Y yo sin embargo, le aguanto.


En fin, comienza el fin de semana con ella, a ver qué me hace de cenar hoy y a ver qué noche me da. Si se pone muy pesada con que si la quiero otra vez, le tendré que decir otra vez lo loca que está, tanto que me está volviendo loco a mí. Aunque ya sabe que me duele decírselo, se lo diré. No hay otra forma de hacerle razonar... Tiene que comprender, tiene empatizar un poquito conmigo, ponerse en mi lugar. Su vida es fácil, y la mía no. Me agota. Me aburre…


¿O me olvido de todo y me la follo? Puede ser, aunque no me apetece mucho y lo que me aburre ella, pero me la tiro y se calla. Total, en fin de semana no hay que madrugar.  Y ella se queda tan contenta y se calla un buen rato o se va a hacer otras cosas. Lo que tengo que hacer para mantener esta relación, joder. 


Si, una buena dosis de sexo y unos besitos, así salgo también de la rutina, y puedo pasar un fin de semana tranquilo, que es lo que necesito. Me haré un poco el difícil para que crea que hay magia, que crea que me ha conquistado. Me la cepillo y ya. La calma. Ya sabe que hasta la semana que viene no habrá más y me dejará tranquilo por un buen rato. Así será un buen finde, podré aburrirme tranquilo y tomar fuerzas para aguantarla toda la semana otra vez. 


Bueno, vamos a ello, abramos la puerta y enfrentemos el fin de semana como se pueda. Fuerza, amigo, fuerza… Sigue aguantando a esa pobre loca que no tiene dónde caerse muerta. Sigue que en el fondo, la quieres.


jueves, 21 de enero de 2016

CUENTO DE NAVIDAD

CUENTO DE NAVIDAD

Jorge Rodríguez Sánchez

“¡¡Vaya rollo, joder!! ¡¡otra vez los mismos deberes de todos los años!! Otra vez esa maldita redacción sobre la Navidad para estos días de vacaciones. Mira, me parece normal que manden mates, física y química, biología... pero este rollo en literatura me tiene rallado”.

Samuel salía del Instituto camino a casa, ya había dejado a todos los colegas de clase, se habían despedido e iba pitando a comer. Tenía muchos planes para esas Navidades, supongo que unas pachangas de futbito con los de clase, algunas canastas con el grupo del barrio, hacerse unas risas con los compas de las clases particulares... No me digas que no estaba mal.

“Pero otra vez con estas historias, fijo que me cortan todos los planes”. Samuel no tenía grandes problemas con las asignaturas de ciencias, sí con las relacionadas con las letras, y especialmente si había que echarle imaginación al tema. Y especialmente la Navidad. La verdad, es que no entendía nada de aquellas fechas, ¿para qué?.

“La verdad, no entiendo estas fechas” Pensaba. “Al final, todo se resume en lo siguiente: El día 22 me dan vacaciones, con este pretexto, mis padres me obligan a hacer cosas en casa, como arreglar mi cuarto, ayudar a mi hermana pequeña con sus deberes, sacar las fotos de la cámara de fotos y ordenarlas para que se puedan ver, poner a punto el movil de mamá que no se entera de nada de electrónica. Después, llega la Nochebuena y el día de Navidad. Ya me pillan de vuelta de todo como para ilusionarme con Papás Noeles y otros rollos mágicos y chipiritifláuticos. Ir a casa de los tíos, hablar con los petardos de los primos y sus fantasías, hacerle la ola a mi prima Julia por sus notazas en clase, que me lo pasen por los morros y me digan cuánto debo aprender de ella...”.

Samuel pensaba es que sus contactos con la familia eran un compromiso que no le apetecía para nada pasar. Al fin y al cabo, todos vivían en la misma ciudad y apenas se veían. Que las Navidades sean obligatoriamente las fechas para verse le ponía de los nervios. Total, el resto del año podían visitarse y no lo hacían.

“Bueno, la verdad, es que yo no tengo normalmente mucho tiempo para ir a verlos”, pensó. Entre las clases particulares, las catequesis de confirmación, los entrenamientos de judo y los ratos con los colegas, Samuel ya estaba bien ocupado. Pero vamos, que ellos podían poner algo de su parte. Podrían haber ido a visitarle los sábados por la tarde... aunque no, mejor que no. Los sábados le apetecía descansar después de comer para poder ir a dar la vuelta con los amigos.

“Vaya, que no entiendo estas obligaciones de ir a ver a la familia en Nochebuena para felicitarles”.

La Navidad seguía sin ofrecerle ningún tipo de motivo para rellenar una redacción. “Si no significa nada...”.

Samuel se acordó en ese momento de lo que les contaba el profe de historia, una vez, cuando comenzó lo que se suele llamar el Adviento. Recuerda que el profe les contaba un rollete que sonaba bien, pero que tampoco era tan importante como para poder ilusionarse con esos días de Navidad.

“La Navidad es una fiesta cristiana”, les contaba. “pero hay otras culturas que celebraban estas fechas antes que los cristianos. Algunas culturas creían que el dios del sol nació el día más corto del año, y que los días se hacían más largos a medida que el dios se hacía más viejo. Algunas de las culturas que celebraban estas fiestas eran los romanos.

Para los romanos, el 25 de diciembre celebraban la fiesta del Nacimiento del Sol. Esta fiesta la relacionaban con el nacimiento de Apolo y era en estas fechas del solsticio de invierno. Además, durante siete días celebraban Saturnalia, en honor a Saturno. Era un tiempo en que los romanos posponían las guerras, los negocios, había intercambios de regalos y liberaban temporalmente a sus esclavos.

Otros que celebraban estos días relacionados con el Sol eran los germanos y escandinavos, que celebraban el nacimiento del dios nórdico del sol naciente”.

A Samuel le caía bien D. Julio. Era un buen profe que les dejaba un poco de manga ancha en clase. Se podía uno reír con los compañeros de atrás, o los de adelante, o tirarle alguna bola de papel a las chicas de los laterales. Por cierto, que en la última clase Samuel tuvo un pequeño encontronazo con Clara.

“Eres un idiota, Samuel” le gritó en la última clase de historia. Samuel no entendía nada, normalmente soportaba bien las bromas, pero últimamente Clara se soliviantaba bastante con él cada vez que le tiraba una, de un tiempo a esta parte no se tomaba demasiado bien estas cosas. “Eres un idiota, Samuel. Parece que en lugar de 15 años tuvieras 7”. Es cierto, quizás se estaba pasando un poco con ella, pero vamos, que apenas le hacía nada... o sí. No sabía exactamente por qué, le entraban ganas de tirarle bolas de papel cada vez que D. Julio se daba la vuelta. O sí sabía por qué, pero ese era otro de los rollos de los que pasaba. La verdad, Clara molaba. Pero no le hacía ni caso. Estaba todo el día hablando con Eva de chicos, de ropa, de películas de vampiros y la serie Eclipse. Esos rollos románticos que se traen las chicas. A Samuel ni le apetecía oír cosas de ropa, ni oír hablar de chicos, ni mucho menos de las petardadas romanticonas de Eva y Clara. No quería ni oír hablar de Clara. Ni de sus rizos, ni de su pelo negro. Ni de su sonrisa casi perfecta, ni de los ojazos... Que no, que no quería ni oír hablar de Clara.

Y se iba a pasar la Navidad entera sin verla. Ese debiera ser un motivo para que fuera bien la Navidad, ¿no?, colegas, futbol, canastas... y no ver a Clara llamándole idiota otra vez. Sí, un gran plan.

Conforme iba pensando estas cosas se iba haciendo el camino a casa. Cruzar un paso de peatones en rojo, oír pitar y gritar al conductor del coche que, a punto de atropellarle, juró no sé cuántas cosas al respecto de sus padres y la cárcel... Y Samuel seguía sin tener argumentos para la redacción. Argumentos para una redacción casposa que le habían mandado en el instituto, y para pensar qué significaba la Navidad para él. Nada, no tenía ningún significado, como para los romanos y su bonita historia del nacimiento del Sol.

“También era chula la historia que nos contaban en catequesis de confirmación” pensó. No se le ocurrían muchas cosas divertidas a favor de la religión, menos aún con los rollos que le soltaba la abuela Carmen sobre rezar, rezar y rezar en Navidad, en Año Nuevo, en Reyes, en Semana Santa, en cada maldito domingo, en los sábados, en vacaciones, en no vacaciones, en los lunes... Pero la catequista, Nuria, sí que molaba, la verdad. A sus ojos Nuria era una señora mayor de 25 años que era bastante simpática. Les contó una historia de que los cristianos al principio estaban obligados a celebrar una fiesta romana dedicada al Sol. Dado que los romanos dominaban todo el mundo y les perseguían, debían ocultarse. Esta historia molaba, la verdad, unos tipos muy curiosos estos cristianos. No era la visión de la abuela Carmen, que todo era rezar y rezar. También había batallitas en las historias de Nuria.

Resulta que celebraban estos cristianos esa fiesta al Sol y en realidad lo que estaban celebrando era el nacimiento de Jesús, según Nuria. Decían que Jesús era luz del mundo, o algo así, y que venía a traer alegría y esperanza entre los pobres y los marginados. Y como los cristianos tenían que celebrar con los romanos el nacimiento del sol, pues hacían las veces de vivir la fiesta del Sol y en realidad celebraban que había nacido Jesús. Prácticamente lo mismo, pero camuflado.

“Fijo que en alguna borrachera se les escapaba algo”, se decía a sí mismo Samuel, y es que en su casa alguno de los asistentes a las cenas o comidas se pasaba un pelín con el vino y empezaba a decir verdades como puños, que al día siguiente sonrojado o sonrojada intentaba disimular y quitar hierro. “Eran divertidas estas situaciones”, pensaba Samuel.

Pero a pesar de las historias de D. Julio, de las historias de Nuria, y de las partes divertidas de la cena, Samuel no encontraba argumentos claros para entender el significado de la Navidad y qué diantres iba a poner en la redacción de literatura.

Seguía caminando hacia casa y... oooh, no. Ahí estaba. Un pequeño vuelco al corazón y un poco de calor en la cara. “Se me están subiendo los colores, fijo. Y lo va a notar”. Clara estaba al otro lado de la calle, se despedía de Eva.

Clara vivía más o menos cerca él y si coincidían en el camino, solían acompañarse. Pero a Samuel cada vez se le hacía más difícil y solía tratar de esquivarla. Samuel no aguantaba para nada las conversaciones con Clara sobre los libros que leía que eran los que le recomendaba Samuel. De los gustos musicales de Clara, aunque se parecían mucho a los de Samuel. La verdad, se ponía nervioso cada vez que empezaba Clara a contarle alguna historia de su último fin de semana, algo aburridillo con sus amigas y con ganas de hacer otras cosas distintas. Así que había decidido evitar encontrársela y hacía un poco el remolón con sus amigos antes de ir para casa.

“¡¡¡Hola, Samuel!!!” le llamó Clara desde el otro lado. “Uffffffff” pensó Samuel. “Qué rollo... está guapa... muy guapa, pero qué rollo”.

“¿Qué te parece la redacción del de literatura? Yo creo que ya tengo tema y voy a hacer algo sobre la Navidad y las luces”, le dijo Clara. Le habló de que en su casa se ponen muchas luces de Navidad, como símbolo de alegría, de bienvenida a los familiares que van a comer o cenar esos días, o de los que van a visitar. También de la alegría que le suponía montar el Belén y el árbol de Navidad con su familia.

“Pues yo no sé qué haré, la verdad”, dijo Samuel. “La Navidad es un rollo, no encuentro ningún tema para la redacción y, la verdad, no significa nada para mí”, le dijo Samuel. “Para mí, la Navidad, en contra tuya, es un poco oscura, no tiene mucho sentido”.

Ya llegaba el momento de separarse. Se iban a despedir y se hizo un silencio tenso. Iban a pasar varios días sin verse, lo correcto era desearse Feliz Navidad, Feliz Año, que te traigan muchas cosas los Reyes... Lo típico.

“¿Y ahora qué?”, pensó Samuel. “Joder, joder, joder”. Esto no estaba en sus planes, ¿qué haría? ¿darle la mano y hasta luego? ¿Darle dos besos como cuando se ven por la tarde los sábados? La tensión se le empezó a subir y decidió que le daría la mano y se largaría. Y ya. No estaba para bromas, se le estaban subiendo los colores y lo mejor era atajar la situación rápido, y no tenía una bola de papel a mano, así que no podía lanzársela a la cabeza y correr.

Así, él le tendió la mano y Clara se adelantó para darle dos besos. Torpemente Samuel se lió, primero la mejilla derecha y luego izquierda... ¿o era al revés?... total, que sin saber cómo se encontró los labios de Clara sobre los suyos. Un vuelco al corazón, dos vuelcos, tres. Los pelos de la nuca erizados, un sudor frío, y unos eternos segundos en los que parecía que una poderosa sustancia química se adueñaba de todos y cada uno de los vasos sanguíneos de su cuerpo.

Clara se separó, estaba sonrojada y francamente guapísima. Se sonreía. Clara y él rozaron sus dedos, ella se dio la vuelta y cruzó la calle. Al terminar el paso de peatones se volvió, le saludó con la mano sonriendo tímidamente y continuó el camino rápido.

Samuel acopió algo la compostura y avanzó a su casa. No dejaba de pensar en el beso que le dio Clara, había sido una pasada, le había gustado más que ningún otro que hubiera recibido antes. Entró en el portal y siguió pensando en ese beso. Le dio al botón y la luz se encendió. Se quedó allí quieto un instante, sonriendo, antes de tomar la dirección al ascensor.

Y entonces, en medio de toda la subida de energía, surgió otra vez el pensamiento sobre la redacción. ¿Pero qué iba a hacer ahora de redacción? Seguía sin saber qué significaba la Navidad para él. “Joder, suspenderé esa redacción seguro”. El temporizador de la luz se acabó y la oscuridad volvió a hacerse en el portal de Samuel.