EINSTEIN
http://elpais.com/elpais/2016/02/11/ciencia/1455219778_040681.html
La llegada de Einstein aquel día al despacho de la Universidad de Princeton debió ser como la colosal
explosión de un agujero negro. No cabía en su pensamiento que un anónimo corrector de cualquier otra
Universidad hubiera retado los años de trabajo que le habían supuesto la publicación de ese artículo.
Normalmente, nadie se atrevía a cuestionar sus trabajos.
En ese despacho marrón, de madera, lleno de pizarras con los desarrollos matemáticos de los enunciados
que emanaban de su prestigiosa cabeza, alguien le pedía que pasara su borrador sobre algunas partes de
las ecuaciones que había planteado y que pretendían dar una explicación al devenir del cosmos. Él, un
genio reconocido a nivel internacional, había sido objeto de un ataque sin precedentes.
Su rostro, surcado por las arrugas, estaría tenso. Hubiera sido como un gran viaje por el cosmos
imaginarse introducido en una nave, pequeña, infinitamente pequeña, que penetrara por alguno de los
orificios del rostro del científico y que daban paso a ese prodigioso cerebro, pudiendo así observar los
impulsos eléctricos que comunicaban una neurona con otra de una forma que en pocos seres humanos se
puede de reproducir.
Me imagino que el espacio y el tiempo estallaban en ese microcosmos neuronal, de la misma forma que
en las grandes nebulosas como la de Orión, donde nacen unas estrellas y mueren otras, en una tormenta
cósmica supergigante del orgullo de un hombre ya maduro hecho a sí mismo.
Hoy se pueden resolver con superordenadores las ecuaciones, corregir los algoritmos que él exponía y
parecían sensatos sólo por el hecho de salir de esa mente, y visualizar en colores rojos, violetas, amarillos
o azules si se llega a una solución adecuada o no tales conjuntos de números, de letras griegas y latinas
que intentaban responder a las preguntas “de dónde venimos, a dónde vamos, quiénes somos”.
Pero en aquella época, solo unos pocos podían analizar esos cálculos y determinar que hasta las estrellas,
además de ser hermosas, además de enamorarnos en las noches de verano, obedecen a fuerzas más
poderosas que ellas mismas y que se escapan a su control. Y uno de esos pocos, un humilde investigador,
corrigió a la eminencia sin la ayuda de esas computadoras.
Ese día, Einstein demostró que las estrellas están ahí para decirnos muchas más cosas de las que
pensamos. Que están ahí para decirnos no sólo que la Vía Láctea es un conjunto de hielo, rocas estelares y
gases incandescentes, no sólo que nuestra galaxia es la respuesta a un equilibrio entre materia, antimateria
y gravedad, no sólo que el Universo proviene de un estallido violento y no sólo que viajar a través del
tiempo depende de la velocidad que podamos alcanzar.
Einstein demostró ese día que las estrellas están ahí para decir que el más grande de los genios es una
minúscula partícula del cosmos, y que hasta esa minúscula partícula o lo que es lo mismo, hasta el más
grande de los genios, puede equivocarse. Y que esa partícula puede reconocer su error y recalcular las
ecuaciones que rigen su vida, tanto las que provienen de la física teórica como las que provienen de la
experiencia. Y que a veces, esa partícula necesita la ayuda de otras partículas para describir una realidad
más exacta que la que se observa con las gafas del orgullo.
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