Hola, Miguel Ángel,
Me recuerdas al profesor que conservo en los retratos de paredes y carpetas.
Al señor que rompía el rumor de las risas adolescentes con sus ruidos de tizas, a aquel hombre con su
borrador y sus broncas sin retranca.
Me recuerdas a ese profesor que, entre programas de estudios y con prisas nos quería enseñar arte, a veces
románico, a veces gótico, otras barroco, otras rococó.
Me recuerdas que no hice trizas la promesa que hice con mis hermanos de correrías de vivir con espíritu
renovador, aunque todo se hiciera ruinas, y reescribir cada día la lección aprendida.
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